Hoy me desperté de un sueño con María Mercedes Carranza y recordé el día en que la fui a visitar a la Casa de Poesía Silva en 1997. Estaba de paso por Bogotá y la víspera habíamos concertado la cita por teléfono para las cinco. Me recibió en su despacho, que había sido la habitación del poeta, y hablamos durante media hora. Me señaló el agujero en la pared donde había ido a incrustarse la bala que José Asunción Silva se había disparado en el corazón el 23 de mayo de 1896 con tan sólo treinta años. Me ofreció un café y le conté del día en que Jaime Manrique y yo habíamos caminado por un sendero pedregoso desde Cadaqués hasta Port Lligat en la primavera de 1976. Queríamos conocer a Salvador Dalí y vimos la casita donde María Mercedes había vivido con su padre Eduardo, el poeta piedracelista de “Teresa, en cuya frente el mar empieza”, a quien conoceríamos en Barcelona en el verano de ese mismo año. Cuando al final nos situamos a la entrada de la mansión, rodeada de murallas blancas que nos impedían ver hacia el interior donde a esa hora deberían de estar desayunándose Gala y Salvador, Jaime y yo comenzamos a gritar alucinados pidiéndole a Dalí que nos recibiera. Nadie respondió. Cuando me despedí de María Mercedes, me obsequió varios libros, De amor y desamor y otros poemas, impreso por Editorial Norma en 1995, entre ellos. “Miguel, te entrego estos versos y mi amistad”, escribió. Sus tacones altos resonaron cuando me acompañó hasta la biblioteca de la institución donde dejé mis poemarios. Al salir, vi cómo caminaban por los tejados de La Candelaria las esculturas de Jorge Olave. Y el cielo bogotano ya comenzaba a oscurecerse.

Nueva York, 8 de mayo de 2025

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